No hilvanemos historias, no hace al caso, lo importante es saber que aquí me tienes. ¿Dónde ya la que fui? Deja que el tiempo se nos lleve y pase, así quedamos siempre renacidos.
Hoy no sé si estas manos son aquéllas, sólo las siento como manos tuyas porque tu tiempo es tiempo que me sueña y me vive hacia más y más por dentro.
«Ayer», ¡qué lejos la palabra! Dónde se fueron zapatos y trajes, billetes de un trayecto recorrido entre extraños viajeros vistos para olvidados.
Inútilmente en los bolsillos busco contactos que ya fueron, y sombras de mi cuerpo en las ventanas contemplando paisajes con mis aquellos ojos.
¿No descubriste nunca un manojo de llaves para imposibles cerraduras?
A veces algo vuelve, pero sólo en resumen; una pequeña fecha que casi nada indica o ese breve letrero alarmante que advierte: «cuidado, es peligroso volcarse al interior».
¿Quieres hacer la cuenta? Si miro a la derecha brilla sólo tu cifra.
A la izquierda la huella de algún borroso cero. ¿Qué prenda pagar debo por haber sido antes, sin tu tiempo en mis horas?
Alcemos la cabeza a la igualdad del cielo, aunque tú apuntes «Marte» y yo diga: «Saturno» (tal vez por los anillos).
Cada cual con su estrella, con su planeta en alto y todas las preguntas por la arboleda azul, compartiendo verdades, como esta del amor, el milagro más nuestro.
No pienses en mis ramas, me crezco sobre el tronco. A punta de navaja puedes grabar el nombre.