¡Oh Betsabé, simbólica y vehemente! Con doble sed mi corazón heriste Cuando la llama de tu cuerpo hiciste Duplicarse en la onda transparente.
Cerca el terrado y el marido ausente, ¿quién a la dicha de tu amor resiste? No en vano fue la imagen que me diste Acicate a los flancos y a la mente.
¡Ay de mí, Betsabé, tu brazo tierno, traspasado de luz como las ondas, lió mis carnes a dolor eterno!
¡Qué horrenda sangre salpicó mis frondas! ¡En qué negrura y qué pavor de invierno se ahogó la luz de tus pupilas blondas!
Agosto, 1944