Suspiro por las cosas presentísimas, y no por las que están en lontananza: por tu amor que me cerca, tu vida que me abraza, por la escondida esencia que por todos mis átomos me embriaga.
Suspiro por el fuego que secreta- mente consume mi alma, por la sutil presencia que el hondo abismo de mi ser alcanza, sin que fuerza del cielo ni la tierra pudiesen disiparla.
Nostalgia de lo más presente…, angustia de no poder captar la luz cercana; inmenso anhelo del abrazo mismo que ya va taladrando las entrañas.
¡Oh miserable angustia de buscar lo presente y morirse de sed mientras los labios tocan la faz del agua!
Amor, la tierra dulce ya me va pareciendo tan liviana, que se desprende de los ojos mudos desnuda de color y resonancia, y no encuentra el sentido línea donde posarse la mirada… La tierra, amor, la tierra se ha tornado hace mucho tan liviana, que sola se desprende de los ojos hacia un tedioso abismo en la distancia.
Ya los cambiantes lagos de mi pueblo, las ágiles montañas, los gloriosos crepúsculos ardientes, la música olvidada, el arrullo de aquellos senderillos, no tienen resonancia, ni hay dulce faz sobre la faz del mundo que haga temblar el alma de mi alma.
Una sola presencia es la que anhelo, y la poseo toda, enmimismada; un solo amor, y es mío; un abrazo, y en él estoy atada! Y en el sentido frío y el corazón de hielo, se dilata un mundo desprovisto de sentido, de luz, color y forma…; y en el alma, otro desierto helado donde estás tú…, bajo mi vida exhausta, que sostienes y alientas, que iluminas y abrazas, y angustias con anhelos imposibles, y que no te conoce… y que te ama!
Erongarícuaro, 9 de diciembre, 1941