De la terrena civilización, qué diremos?
Que fue un sistema de coloreadas esferas vaciadas en vasos ahumados, Donde un luminiscente hilo líquido se mantuvo envuelto y desenvuelto.
O que fue una imponente colección de repentinos resplandores de palacios Destrozados a tiros desde una cúpula de macizas puertas Detrás de la cual anduvo un monstruo sin rostro.
Que cada día se echaron las suertes, y que quienquiera que se arrastró bajo fue conducido hasta allá como sacrificio: ancianos, niños, muchachas y muchachos.
O pudiera ser de otra manera: que vivimos en un vellocino de oro, en una red de arco-iris, en un capullo de nube, Suspendidos de la rama de un árbol galáctico. Y nuestra red fue tejida de materia de signos, Jeroglíficos para el ojo y el oído, amorosos anillos. Un sonido retumbado adentro, esculpiendo nuestro tiempo, El pestañeo, aleteo, gorjeo de nuestro lenguaje.
Que nosotros pudimos tejer la frontera Entre dentro y sin, luz y abismo, Si no, desde nosotros mismos, desde nuestro propio cálido aliento, Y lápiz labial y gasa y muselina, Desde el latido del corazón cuyo silencio hace el mundo morir? O quizá, no diremos nada de la terrena civilización. Para que nadie realmente conozca lo que fue.
Versión de Rafael Díaz Borbón