Un poema para final de siglo

Un poema para final de siglo

Cuando todo estaba bien Y el concepto de pecado había desaparecido Y la tierra estaba lista En paz universal Para consumir y disfrutar Sin dogmas y utopías,

Yo, por razones desconocidas, Rodeado por los libros De profetas y teólogos, De filósofos, poetas, Buscaba una respuesta, Frunciendo el ceño, gesticulando, Caminando de noche, refunfuñando al amanecer.

Lo que me oprimía en demasía Era un poco vergonzoso. Hablando de ello en voz alta No mostraría ni tacto ni prudencia. Podría incluso parecer un agravio En contra del bienestar de la humanidad.

¡Ay de mí!, mi memoria No quiere dejarme Y en ella, la vida comienza Cada una con su propio dolor, Cada una con su propio morir, Con su propia turbación.

¿Por qué entonces la inocencia En playas paradisíacas, Un cielo impoluto Sobre la iglesia de la higiene? ¿Será porque eso fue hace mucho?

A un hombre santo -Así dice un cuento árabe- Dios le dijo con maldad: “He revelado a tu pueblo Cuán gran pecador eres, Ellos no te podrán alabar.” “Y yo”, contestó el devoto, “Les he descubierto a ellos Cuán misericordioso eres, Ellos no se preocuparán por ti.”

¿A quién recurriría Con asunto tan oscuro De dolor y también de culpa En la estructura del mundo, Si ninguno aquí abajo O allá arriba en las alturas Puede abolir La causa y el efecto?

No piensen, no recuerden La muerte en la cruz, Aunque cada día Él muera, El único, el siempre-amado, Aquél que sin necesidad alguna Consintió y permitió Existir a todo lo que es, Incluyendo las garras de tortura.

Completamente enigmático Enredo imposible. Mejor dejar de hablar aquí. Este lenguaje no es para personas. Bendita sea la jubilación. Vendimias y cosechas. Aun si nadie Tiene la serenidad garantizada.

Versión de Luis Ignacio Sáinz