Ah, yo quiero vivir dentro del orden general de tu mundo. Necesito vivir entre los hombres. Veo un árbol: sus brazos ya en angustia o ya en delicia lánguida proclaman su verdad: su alma de árbol se expresa, irreductiblemente única. Pero el hombre que pasa junto a mí el hombre moderno con sus radios, con sus quinielas, con sus películas sonoras con sus automóviles de suntuosa hojalata o con sus tristes vitaminas, mudo tras su etiqueta que dice «comunismo» o «democracia» dice, con apagados ojos y un alma de ceniza ¿que es?, ¿quién es?
¿Es una mancha gris, un monstruo gris?
Monstruo gris, gris profundo, profundamente oculta sus amores, sus odios, gris en su casa, gris en su juego, en su trabajo, gris, hombre gris, de gris alma. Yo quiero, necesito, mirarle allá a la hondura de los ojos, conocerle, arrancarle su careta de cemento, buscarle por detrás de sus tristes rutinas. Por debajo de sus fórmulas de lorito real (¡Pase usted! ¡Tanto gusto!), aventarle sus tumbas de ceniza huracanarle su cloroformo diario.
Un día llegará en que lo gris se rompa, y tus bandos resuenen arcangélicos, oh gran Dios.
Dime, Dios mío, que tu amor refulge detrás de la ceniza. Dame ojos que penetren tras lo gris la verdad de las almas, la hermosa desnudez de tu imagen: el hombre.