No busco la verdad, pero persigo su estela cautivante, su aleteo que es la réplica infiel de lo que creo y el huidizo fulgor de lo que digo.
La verdad absoluta es un castigo que quizás no merezca mi deseo. Y su ausencia es el último trofeo que desvela mi angustia de testigo.
Me quedo con la flor de la pregunta, aspirando el aroma sin respuesta, dejando que el silencio apenas hable.
Y al sentir que la lágrima despunta, la verdad, como un grillo, me contesta desde el jardín del vértigo insondable.