El arraigado

El arraigado

¡Yo no me iré de esta casa aunque el huracán arrecie!

Seguiré aspirando el moho de sus ancianas paredes, oyendo crujir maderas en noches de viento fértil, y contando entre las vigas los murciélagos de siempre.

Yo no me iré de esta casa, de sus tres tiempos clementes, de su patio con begonias, de su estrellita en la frente, de su Virgen del Rosario y de su Arcángel prudente.

Aunque el huracán desboque sus espumosos jinetes, esta casa es mi universo, con abrigos e intemperies, y su pequeña nostalgia guardada en cofres que huelen.

Porque esta casa es tan triste como un difunto en diciembre, porque tiene tantas grietas que el aire en ella es un duende, porque en alambres nerviosos sus viejas ropas se tienden, porque en la noche hay un eco de bisabuelas ausentes, porque en un cuarto cerrado alguien llama y nadie viene, porque vivieron en ella muertos que aún son vivientes, porque hay un gran jazminero a la par de un pozo verde, porque es pobre como un niño y como un anciano, inerme.

Por eso yo estoy aquí, dibujándola en mi frente con un lápiz de obsidiana que no hay siglo que lo quiebre; y aquí oigo pasos y pasos -¡cómo trajina la gente!-, con la vigilia remota y con el sueño presente, haciendo ruido a la vida porque si no se nos duerme y entonces baja el tigrillo -que ya es fantasma- y la muerde…

¡Porque esta casa es tan triste que les da miedo a los huéspedes, y todos lloran al verla, con llanto que el sol disuelve! Sus ventanas, arrancadas; sus puertas, crujir de dientes; sus pisos, barro desnudo; sus cielos, cielos que llueven…

Y es tan triste, pero tanto, que a ratos parece alegre, con alegrón de guitarras que ilumina el aguardiente, sacado en el alambique que nunca hallan los agentes…

Yo no me iré de esta casa, porque el invierno no quiere,

Porque el verano me llama, porque los dos bien se entienden, y ambos juegan con mi voz hasta dejarla tan tenue que ya es una telaraña de cariñosas mercedes…

Y al fondo dice un espejo la fantasía de siempre: que es la casa una metáfora erizada de alfileres alborotada de encajes, arrinconada de ayeres. ¡Pues si esta casa es la Patria, tan firme que acaso tiemble, tan dulce que acaso ahogue, tan honda que acaso vuele!

Y yo nunca me iré de ella, aunque el huracán arrecie… “Doy fe de la esperanza” 1985 - 1992