No te encontraba, Dios, desde hace tanto. Es cierto: te rezaba, te pedía; pero eso es sólo la ansiedad que envía sondas de luz desde el vital quebranto.
Hallarte es otra cosa. Es otro encanto, otra necesidad. Y hasta diría que es la más entrañable fantasía: gozar de tu memoria el adelanto.
Y eso es lo que hago ahora: te disfruto, sin la intimidación del absoluto; ya puro corazón que te consume.
Sorbo tu voz y tu silencio, a una. Y, sin pedirlo, tengo la fortuna de respirar a ciegas tu perfume. “Doy fe de la esperanza” 1985 - 1992