Sorpresa. Barro. Espíritu. Llegas cayendo en mí, lluvia del tiempo, con tus augustas sombras de fría limpidez, y de repente estoy en otras épocas, entre las piedras de otros horizontes, libre de la conciencia que me amarra a una imagen voluble como el polvo, concluyendo en un ancho silencio de memorias.
¿Este -aquí- es mi dolor o en el pulso inventado? Tú no calles, nostalgia de la esfinge. Vuelvo de las tormentas, de los rostros, de la miradas húmedas en alcohol o belleza, de los niños que un día salieron de mis ojos, de la remota luz que temblaba en las flores de una música ajena, y al recorrer mis pasos conocidos ya no soy el primer habitante que gime, el sol es como un ojo vacío a mis espaldas. ¡Tú no calles, nostalgia de la esfinge! Algún día se llega de regreso a la sombra y entonces es preciso llevar siquiera un rayo de certeza.
En las bodas del sol y de la tierra, la edad perdió sus laberintos al conjuro del tiempo destrozado…
En las bodas del sol y de la tierra, fue el principio del rostro. Fue la ferodidad un lirio de ternura. El hallazgo vacío. El crecimiento para poblar de llamas el recuerdo…
Bodas, relucientes bodas que en verdad fueron bellas…