Las gaviotas discuten con el rocío de las olas, mientras los rabihorcados hacen círculos durante horas, en un batir de alas, alrededor del arrecife donde un pontón se oxida. Un año ha finalizado sus tormentas, y los hombres llenos de miedo han escudado las vidas como faroles de sus ventoleras, o caído juntos en hogueras. Pero ahora se abren espacios azules como hendiduras en el humo, los pájaros se pliegan en grietas de rocas cuya arena ha sido rastrillada de huellas. La mar, que se precia de que ningún hombre la marque, aún ofrece tales lugares para la pluma egoísta, y la isla de coral del cerebro tiene lugares donde la república del pólipo fue construida para nosotros -cuevas hipnotizadas que se agitan con la luz de la ola, jaras que blanquean con indiferencia creciente madera flotante o barcos que se fueron a pique. Tras un año podrías llamar guerra a la conmoción de los bancos de arena cañoneados por las olas, y los robos a pico armado que las gaviotas practican entre sí porque todo es en honor del dios gaviota. Pero hay islotes donde nuestra sombra es anónima, con pececillos cuya similitud se nos escapa mientras la cadena del ancla matraquea desde la proa.
Versión de Vicente Araguas Huerga y Fierro Editores