El silencio

El silencio

¿Dónde podré esconderme si no es ahí, en estas palabras de amor? Ante vosotras, hijas del turbio hospicio de mi alma -mis dóciles doncellas-, llora mi desconsuelo. Yo les escribo a las pequeñas manchas de tinta de tus manos, como si fuesen cartas que debo contestar en la noche. Toco el falso disfraz, el picaporte de tu oscuro colegio; en él suena mi vida, discurre como un río mi vida. Llega ya el príncipe de tus libros azules, sobrevuelan las hadas que te ocultan y encienden. En tu cuello alargado se oscurecen mis sueños, tus caderas sin nadie me preguntan; ya llegan como calientes besos, como nubes lejanas tus rodillas; me bendice tu sombra clandestina. ¿Dónde están tus ojos, que a todo respondían? Entonces eran tus pechos nidos, eran pequeños pájaros sin vuelo; eran llanuras, pueblos deshabitados, llaves de pequeñas iglesias, de alacenas vacías. Hoy, que el deseo se cumple, este negro silencio de la noche nieva en el alma, nieva sobre la oscuridad; como la lumbre de los romeros o de las aliagas, yo oigo tus calladas respuestas.

De “Coro de ánimas” 1968

Espacio para un sueño

Para Nena y Juan Kreisler

Escondido repite, por cipreses y yedras, un pájaro su canto. Celebra la mirada una batalla con el tiempo esta tarde de otoño incendiada de nieblas. Y pensando en la Historia -una nube de polvo en el paisaje, las piedras estañadas por los tonos azules que ha dejado la lluvia en las almenas- ves derramarse el tiempo.

En la antigua arquería, los fragmentos de una inscripción indescifrable, poco a poco, se han ido convirtiendo en pequeños reptiles disecados: belleza aniquilada que aún deslumbra a tus ojos. Es el tiempo que, como los ríos, huye -rehén de sus espejos-, al obsesivo espacio de cuanto no ha vivido.

Si debemos morir, ¿por qué la vida, sobre cualquier lugar de la memoria, continúa esperándonos?

Aletargados por el sol, decoran el silencio cuantos signos contemplas. Tan sólo purifica la calma vegetal que respiras, el canto del jilguero que la enramada oculta. Así habitas su edad llena de sufrimiento; la geometría invisible de su música eterna.

Los malvarreales, centinelas de acequias y de ruinas, la claridad de humo de esta tarde de octubre, edifican el reino que contemplas. No sabes ya si vives, o si sueñas o has muerto y no te has dado cuenta. En sus altares lo irremediable de la Historia es venerado. Nace de las orillas de un infinito océano la luz cansada de cuanto te deslumbra. No otra cosa difunde su corazón ahora, que no sea la muerte que continúa latiendo.

De “Itinerario para naúfragos” 1997