El temblor del silencio

El temblor del silencio

I. En el jardín del claustro…

vence el tiempo a la luz. Dos leones alados a los que nace entre sus fauces musgo, mantienen con sus formas de piedra una pelea acuática: batalla de reflejos cuyas llamas inundan de belleza el estanque.

Un lejano esplendor ilumina el recinto que la mirada crea, sirve para decoración de la memoria. Hay en las rejas sangre y, entre la fronda del bosquecillo próximo, guerreros que se ocultan asediando a la nada. Nunca coincidiremos con la muerte. Nuestros ojos se pueblan de imágenes que, al mezclarse, destruyen los diferentes ángulos de visión de su puesta en escena. Cualquier espectador, al habitar el nombre de la muerte, asiste al opaco sonido de un espacio que es único: un paisaje desierto, sin perspectiva alguna, donde la luz proyecta su reflejo sin vida.

Brilla en su infierno verde el corazón del bosque y en la fronda podrida de la alberca posa sus sedas de calor el verano.

Ves el temblor del tiempo. Las flores que se abren en el jardín, iluminan la ausencia de cuantos defendieron este lugar que te convierte en sombra.

II. Contemplas…

los despojos de un siglo que murió entre placeres. Todavía el hedor de sus sótanos y el rumor de sus fiestas incendian las ciudades. Ved el espacio en llamas, la combustión del aire: los edificios de los cuarteles y de las catedrales; el fulgor del dinero y su oleaje sobre el horizonte; ved el corazón de piedra de la ciudad, sus inmensas fortunas trasladas de una página a otra de la Historia por los mismos esclavos. Todavía se adoran en los templos sus dioses, y las leyes -incluso las que nos ofrecieron libertad-, conocedoras de que nuestras costumbres seguirían haciéndonos cautivos, son las mismas.

Nos disfraza el pasado con sus más bellos trajes y el tiempo, que convierte en leyenda la sangre de los héroes, nos miente. Imprecisas imágenes, ambigüedad de formas giran en la memoria. Las flores hierven movidas por el aire, y un agreste paisaje se remansa en los prados. Como música antigua, la luz gastada por la arquitectura se desliza en los muros. Los pálidos colores con que oculta el pasado su derrota iluminan el templo.

En las ruinas, queda una claridad de yeso mordida por la muerte; caen del tiempo los copos de una ceniza enferma. Y en tus ojos, que celebran lo efímero, arde la soledad de toda gloria.

III. Cuantos llegaron a las orillas de estos ríos…

y no supieron volver, edificaron la ciudad. Todavía conservan un silencio de cima las almenas. Brilla en el horizonte la lejanía de los siglos; y abandonas la mirada en sus reinos hacia los que, alguna vez, partiste en busca de una patria que no has hallado nunca.

Ves arrasados por el oro o el fuego los campos que, desde aquí, contemplas; calles atravesadas por procesiones y desfiles; plazas convertidas en foros donde, los más pícaros, esgrimen un discurso moral, donde la corrupción denuncia a lo corrupto, la podredumbre a lo podrido.

Se adora a la apariencia y en los mercados, como el amor, busca la penumbra el dinero. Te parece que escuchas, todavía, el murmullo de los grandes festejos. Hace ya muchos años, llegaron a la ciudad echadoras de cartas y mendigos, encantadores de serpientes y músicos que transportaban instrumentos con cuyos sonidos construían ciudades. Mercaderes de telas, comerciantes de insólitos remedios cuyas plantas dejaban a su paso, en el aire, perfumes de paisajes lejanos. Celebraban subastas en las que, lo mismo que trofeos, se exhibían desnudos, bellos adolescentes a los que rodeaban mensajeros y artistas ambulantes, confesores y jueces.

¿Cómo no ver a la belleza herida donde la esclavitud edificó su reino? «Prefiero la injusticia al desorden», aseveraba Goethe, ignorando que elorden no puede ser injusto. Quien no tiene memoria nada espera. Como no espera nada, ni es más dulce su rostro, el busto que contemplas: materia no atravesada nunca por la luz o el sonido que aún parece asomarse -oxidadas las sombras de su frente, sus ojos entregados para siempre a otro tiempo- a esta ciudad donde sembró el espanto.

Los murciélagos forman, en el silencio de las bóvedas, lámparas de oscuridad, un tiempo todavía pudriéndose; y navegan en sus cuerpos de sombra, como paraguas destrozados, la noche. Tus pisadas deshacen en los charcos su imagen, como cuando, de muchacho, atrojabas piedras a los estanques y en los remansos de los ríos para ver cómo se deshacía y tornaba a su imagen tu rostro. Tienes la vaga sensación de haber vivido, alguna vez, un tiempo que no te pertenece. En las umbrías de los muros, como trompetas de la muerte, abren su flor los lirios. Queda entre los olivares una luz de bazar, de bengala inflamándose: el resplandor blanco de la ciudad en fiestas.

Lo mismo es que emprender un viaje y olvidar el camino de regreso el poema que escribes. Has ido recogiendo, como si se tratara de un espejo roto, cuantos fragmentos de la tarde, y de tu corazón, componen tu presente. Desde donde contemples a la ciudad, la verás siempre llena de villanos y de héroes.

IV. Coronada de mártires, seguida…

de notarios y astrónomos, dueña de navegantes y teólogos. La comitiva de la Historia cruzó por estas lomas transportando sus jaulas con exóticos pájaros, construyendo prisiones y murallas, patíbulos y altares, plena de venenos y joyas. La recuerdas en los primeros libros de la infancia, ilustrados con las mayores aberraciones y crímenes, vestida de serpiente, disecados sus labios lo mismo que en los mapas los nombres de las ciudades y los ríos.

La memoria repite una retórica sucesión de desiertas imágenes, un confuso cortejo de lejanías plateadas y nieblas. La Historia es un lugar estéril, donde los hechos suelen ser razón del error, donde son perseguidos por la muerte los sueños, y en el que todas las ciudades tomadas son infieles.

Ves regresar el tiempo, lamer como un reptil cansado con su cuerpo los muros donde el escudo de armas, todavía con savia, envejece en su gloria. Las ruinas tienen algo de distancia que arde, un resplandor de luces desterradas.

Cruzan, las figuras sin sombra de la Historia, la tarde; y ves crecer las flores que nacen siempre en las edades muertas.

V. Tu infancia…

tantas veces cautiva, capitán de bandidos en busca de tesoros y cámaras ocultas en las que imaginaste, rodeada de ungüentos prodigiosos y bálsamos, la imagen -en todo su esplendor- de una reina dormida. Huiste con sus joyas después de deshacerte de su cuerpo de guardia y sortear las trampas que esperaban tu carne.

Otras tardes buscaba tu niñez en los alrededores de este lugar princesas todavía encantadas, y componías filtros para romper su hechizo, las palabras exactas que devolvieran la verdad de su vida a tus ojos. Y veías así, en la serpiente, el caracol, la hormiga, un cuerpo como el tuyo condenado a estar solo; y pájaros bellísimos cuyo canto de dolor, lo mismo que tu canto, era inmenso.

Desde entonces recorres el universo en busca de sonidos capaces de hallar la realidad, y sabes que el poema es lo que nos equivoca con su verdad profunda. Y así en el fondo de las cosas escuchas cierto fervor vacío, como el silencio desvelado de lo muerto que asciende, traslúcido, tras las grandes batallas. Tengo, condenado en su cárcel, en mis manos un saltamontes -equivocado vegetal, huido de su reino- como aquellos que perseguía de niño. Parece que llegara del futuro a posarse sobre un tiempo que sólo es apariencia del tiempo que lo habita.

Un sol amurallado del color de la sangre da a la tarde la imagen de los largos asedios; y como si desde la lejanía, a través de tus ojos, mirara un ser distinto al tuyo, te sientes el precipicio de la historia, tiempo que continúa despeñándose, lo mismo que sobre el horizonte de las cosas

En el breve museo que visitas la luz, que es azulada y pálida, descansa como un remoto príncipe, sobre las armaduras y los códices. De las bodegas y los sótanos asciende la llamarada de un silencio húmedo, el aliento podrido de los siglos, t hasta el pequeño páramo de mármol en el que, como entonces, todavía imaginas un paisaje nevado al que hubiera acudido, para saciar toda su sed, el tiempo.