Río Escabas

Río Escabas

A Mari y Antonio Merchante

Roza la palidez vencida de los sauces sus aguas; baja lleno de sombras que mi alma conoce. Yo lo recuerdo ahora, lento, por las umbrías; en el atardecer: cuando deja el olor inundado de las sábanas húmedas por entre los olivos.

Tiene la vieja luz de los nogales, el resplandor descalzo de los suelos sagrados donde oscuros aromas de maderas mojadas habitan su penumbra. Entre el olor amargo de los mimbres aún verdes y la lluvia, teje la claridad áspera de la higuera su perfume dormido.

Lo ha estado haciendo el tiempo. En lo más hondo de mi vida lo veo, deja sobre mi soledad el sabor agridulce de los viejos metales, un profundo silencio de vegetal cortado. ¡Qué noches encendidas de música han desvelado a mi alma! ¡Qué paraíso de sonidos la incendian!

En sus riberas silba la luz fría del alba en la serpiente, y habitan sus palacios venenosos las víboras. Lo recuerdo en los huertos de la hoz, levantando sus gozosos altares; o en sus púlpitos verdes donde los lirios, solos, sobre los zopeteros, se incendian en las aguas rodeados de espadas vegetales y sombras. En él arden la zarza y el espino, mañanas con las flores que de niños pisábamos. Nos dejaban sus aguas el húmedo silencio de las alfarerías y las fuentes; lo subían al pueblo nuestros ojos mojados. ¡Oh, río que al recordarlo se detiene en aquella mañana cuando, junio, radiante, desnudaba los cuerpos más hermosos y, a escondidas, olíamos sus ropas pues en ellas quedaban, todavía, los cuerpos, tibiamente encendidos por secretos aromas! Anduve toda la tarde solo, como ahora estas calles donde el tiempo se adhiere a sus cenizas lívidas. Quiero ir a su lado; habitar su silencio de nave abandonada. Hasta mi alma sola, llega su olor a invierno en los membrillos. Llévate tú mi noche entre las aguas; la solitaria noche por la que oigo mis pasos que no saben hallarte, ¡oh río donde el cielo se hunde, reflejado y altísimo, como un oscuro pájaro al que llaman las sombras!

De “Itinerario para naúfragos” 1997