A una estatua de mujer desnuda

A una estatua de mujer desnuda

Desnuda y vertical, pero ceñida, la línea de la tierra a la pereza de una carne que cede, cuando empieza la perfección del sueño, su medida.

Materia sin amor, pero encendida por el número fiel de la pureza donde la fría carne se adereza sin el gusto del tiempo y de la vida.

¡Oh, dócil a los ojos y apartada del fuego de la sangre, muda gloria en éxtasis de tierra levantada!

Antigua juventud fresca y gastada que aflige la pasión de su memoria en esta eternidad tan sosegada.