Alguien ha colocado un ramillete de orquídeas sobre la superficie de una cámara de hielo. Se diría que crecen sin sentido esas flores silvestres en la estepa blindada de la muerte, sus pétalos de negro fuego, el perfume amarillo de una máquina de aceites leves.
Es un contraste aquí, sobre la piedra de un cuarto congelado, un almacén abierto de metales con puertas donde sólo se observan carnes de ciervo eldii, perniles desangrados, patas de nobles liebres, rostros de un faisán hembra que mira sin maldad (sus ojos de un cristal asustado).
Las botas de los cazadores dejan huellas violetas sobre las charcas de sangre, el sudor que discurre debajo de sus cueros dibuja el invisible cuño de los mercurios.
Así y todo, no sé, alguien ha colocado, junto al ramo de orquídeas, unos guantes azules de proteger sus manos a golpes de neveras y todo me seduce ahora entre ese humo que desprenden los cuerpos de muertos animales.
Veo a mi alrededor un jardín que me invita a escribir un poema que mencione en sus versos esas flores de orquídeas, esas gemas de luz que nombrara Teofastro como raros testículos.
Pero no escribo nada, prefiero contemplar las orquídeas (reales) de mi imaginación, sobre la escarcha de la cámara de hielo, como si fueran el último instante de eso que los hombres llaman “vida”.