Las metas

Las metas

Puedo dejar que pasen las metas como pasa el tranvía bajo los cables hacia el Renowned. Incluso puedo dejar que brille el rubor de un gladiolo bajo la lluvia o un estornino en la rama del abeto y no escribir, siquiera, una frase. Puedo acunar mi cuerpo sobre el césped recién cortado por la máquina eléctrica mientras me pudre con su manta el frío sol de estos cantones no definidos todavía por la temprana luz. Dormido sobre la hierba recién cortada (sin leer el periódico que traen por las mañanas los muchachos en la furgoneta amarilla), puedo levantarme y salir de paseo a una librería en la ciudad de Berna para ver qué nuevo libro de poemas adorna con su aroma los estantes. Y aún allí, frente al estante de los poetas, puedo dejar que pase la ocasión más propicia para ejecutar mi suicidio, una vez que la meta esté cumplida. Pues si digo: “esta soga es muy gruesa para ahorcarme / el fuego me da miedo / morir bajo el tranvía no es mi causa”, no por ello escapo a mi destino. Siento que nunca podré ahuyentar los perros del deseo suicida de mi mente (los perros que me hincan los colmillos en el cerebro y fluyen por mis ideas como el bote de Caronte por un río). Hasta después de la muerte, creo, fluirá ese bote del anhelo suicida por mi pensamiento, y esos deseos me atarán, con enormes cuerdas, a sus perros.