Un sitio que es tal vez el fin del universo, donde escribo un poema sin lógica ni espíritu. Un silencio muy breve, con versos construidos bajo golpes de Artaud, un magnolio en la orilla del ventanal izquierdo, las barandas repletas de azaleas marchitas, cubiertas de cristales, ahumadas mientras suena la música de Mozart en el fondo del patio, a un lado del salón, incluso entre las plantas que crecen de los verbos, adjetivos con lluvia desfilan ante mí, me siento un bello fámulo, levanto las cortinas del sujeto primario, voy al televisor, construyo ahora una tila, después bebo la mesa, pero el poema sigue sin lógica ni espíritu, se parece más bien a un hijo de este mundo: suele crecer con lujo, observa la belleza entre la fealdad, pero a la hora cero, a la hora de amar también el universo, ese sitio que dicen un día tendrá fin, entonces da la espalda, pronuncia un sustantivo, por ejemplo “mudanza”, y es entonces que empiezo a cambiar de lugar, de ciudad, de país, pero siempre termino bajo el mismo elemento, en idéntico espacio donde no cabe otro, donde la ceguedad pronuncia el mismo verso, el mismo desconsuelo, la misma capital de un sitio que es tal vez, de un tal vez que no existe a no ser en el punto final de este poema.