¿De qué terrena claridad dorada, de qué barros del cielo, de qué arcillas surgió la morbidez de tus mejillas, la ciega plenitud de tu mirada?
¿De cuál sarcófago, de cuál morada, de qué profundidades amarillas, de qué lejano mundo sin orillas, la luz de tu cabeza coronada?
¿Qué aurora boreal sobre tu frente, sobre la placidez del rostro vivo dejó su rosicler eternamente?
En la penumbra fértil de mi mesa, cuando entre el hueco de la noche escribo, llenas mi soledad con tu belleza.