Mitad del padre camarada cuando imita al Adán que el mar sorbiera en su casco vacío, Mitad de la madre camarada cuando salpica con su leche lasciva la zambullida del mañana, las sombras bifurcadas por el hueso del trueno saltan hacia la sal que no ha nacido.
La mitad camarada era de hielo cuando una primavera corrosiva brotaba en la cosecha del glaciar. la sombra y la simiente camarada murmuraban el vaivén de la leche encrespado en el pecho, pues la mitad del amor era sembrada en el fantasma estéril y perdido.
Las mitades dispersas se han vuelto camaradas en un ente lisiado la muleta que la médula golpea sobre el sueño renguea en la calle del mar, entre la turba de cabezas con lengua de marea y vejigas al fondo y empala a los durmientes en la tumba salvaje donde ríe el vampiro.
Las mitades zurcidas se partían huyendo por el bosque de los cerdos salvajes y la baba en los árboles, sorbiendo las tinieblas sobre el cianuro se abrazaban y desataban víboras prendidas en su pelo; las mitades que giran perforan como cuernos al ángel arterial.
¿De qué color es la gloria? ¿La pluma de la muerte? tiemblan esas mitades que taladran el ojo de la aguja en el aire y a través del dedal horadan el espacio, manchado de pulgares. El fantasma es un mudo que farfullaba entre la paja, el fantasma que tramaba el saqueo en su vuelo enceguece sus ojos rastreadores de nubes.
II Mi mundo es pirámide. La sigilosa máscara llora sobre el ocre desierto y el verano agresivo de sal. Con mi armadura egipcia fundiéndose en su sábana araño la resina hasta un hueso estrellado y un falso sol de sangre.
Mi mundo es un ciprés y un valle de Inglaterra yo remiendo mi carne que retumbó en los patios roja por la salva de Austria. Oigo a través del tambor de los muertos, que mutilados jóvenes mientras siembran sus vísceras desde un cerro de huesos gritan Eloi a los cañones.
El cruce del Jordán arrasa mi sepulcro. El casquete del Ártico y la hoya del sur invaden mi jardín de casa muerta. El que me busca lejos señalando en mi boca las pajas de Asia me pierde cuando doblo por el maíz atlántico.
Las mitades amigas, partidas mientras giran en redes de mareas, se enredan a las valvas y hacen crecer la barba del diablo no nacido, sangran desde mi horquilla ardiente y huelen mis talones las lenguas celestiales murmuran mientras yo me deslizo atando la capucha de mi ángel.
¿Quién sopla la pluma de la muerte? ¿De qué gloria es el color? en la vena yo soplo esta pluma lanuda es el lomo la gloria en una laboriosa palidez. Mi arcilla ignora el pecho y mi sal no ha nacido, niño secreto, yo vago por el mar en seco, sobre el muslo a medias derrotado.
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell