el rehilete se abre en el jardín. La fiesta del gorrión que danza, canta -se vuelve flor su trino, fruto su aleteo-, se baña bajo el líquido haz de chispas. Pura felicidad en el pequeño prado, el agua limpia -hubiera dicho el santo-, es la sonrisa de Dios.
Me alegra verte afuera al despertar. Celebro que no hayas -la ocasión la pintan calva- aprovechado el manto de la noche maldita para irte por siempre al inframundo. También me reconforta que aún te habiten pájaros cantores, meistersinger del bosque en el jardín; que el sol severo nos escalde aún y nos torture el rudo ozono -como todos los días-.
Soñé que te habías ido, conmigo hacia el infierno y que se habían quedado aquí sin mundo todas las demás criaturas: piedras, grajos, insectos o personas. Te veo tan grande y bello, que me río de los siniestros solipsistas de antaño. No has de esfumarte cuando yo me extinga. Canto tu salud de hierro, tu verde corazón y tu estructura de granito. Buenos días, querido, hermoso mundo.