El tigre real, el amo, el solo, el sol...

El tigre real, el amo, el solo, el sol…

El tigre real, el amo, el solo, el sol de los carnívoros, espera, está herido y hambriento, tiene sed de carne, hambre de agua. Acecha fijo, suspenso en su materia, como detenido por el lápiz que lo está dibujando, trastornada su pinta majestuosa por la extrema quietud. Es una roca amarilla: se fragua el aire mismo de su aliento y el fulgor cortante de sus ojos cuaja y cesa al punto de la hulla. Veteado por las sombras, doblemente rayado, doblemente asesino, sueña en su presa improbable, la paladea de lejos, la inventa como el artista que concibe un crimen de pulpas deliciosas. Escucha, huele, palpa y adivina los menores espasmos, los supuestos crujidos, los vientos más delgados. Al fin, la víctima se acerca, estruendosa y sinfónica. El tigre se incorpora, otea, apercibe sus veloces navajas y colmillos, desamarra la encordadura recia de sus músculos. Pero la bestia, lo que se avecina es demasiado grande -el tigre de los tigres-. Es la muerte y el gran tigre es la presa.