Los niños de las ciudades conocen bien el mar, mas no la tierra. La niña que no había visto, nunca, una vaca se la encontró en el prado y le gustó. La vaca no sonreía -está contra sus costumbres-. La niña se le acercó, pasos menudos, como a una fuente materna de leche y miel y cebada. La vaca a su vez, rumiando dulce pastura, miró a la pequeña triste, como a un becerro perdido, y la saludó contenta: la cola en alta alegría, látigo amable que festejaban las moscas. De “La zorra enferma” 1974