a Guillermo Sucre La mujer que de pronto aparece en la esquina como la pasante de Baudelaire. Sus ojos de noche del Líbano, brillosos como la piel de los dátiles, enigmáticos como las líneas que traza el destino en las hojas de coca. Su cuerpo esbelto, su talle fino, su andar de palmera con brisa, su cabellera que al aire latiga y aroma, sus largas piernas presentidas bajo la falda roja, sus senos como dos olas rompientes a punto de perderse en el mar.
Y el mantel que prolonga a la nieve sobre la mesa del bar bajo la mirada que lee lo que al azar la realidad inventa.
Y el poema que dice al pie de la letra.
De “Líneas de Otoño”