Las voces prohibidas

Las voces prohibidas

Más despacio que nunca, casi agónicas, marchan y duelen estas voces o estrellas.

Húmedos pies descalzos, breves pieles, dulce origen, impío desorden. Voces que purifican lo que tocan. Voces todo milagro. Suaves voces de amor.

Voces para decir amor toda la vida y todo el santo día y a la lenta distancia de una noche de sueño, amor y voces.

Cálidas o despiertas, dormidas o ya frías, estas voces se pegan a los labios y dicen y se dicen altos, duros misterios, prohibidos latidos, esbeltos calosfríos.

Despaciosas y firmes, llegan como las bestias, crecen como el encino, y no hay en ellas nada que no sea verdadero.

Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña y dan la seca muerte del olvido.

No perdonan, no aman, no son ríos serenos, sino fuego, ardiente maldición, dolorosa quietud.

Vienen así, calladas, caminando caminos de helado polvo. Son las voces que ya nunca se dicen.

Por eso duelen y por eso ardo junto a ellas, como al pie de una hoguera. Ardo y adoro al mismo tiempo porque nada me callan o no me dicen nada.

Asciendo rudas catedrales de miedo y el vacío es un lago de hambre y sal. Me maldigo con ellas pero duermo con ellas.

Cuando la sed se haya quemado en mi garganta, cuando no tenga paz ni amor, cuando todo sea voces y no llantos, una pequeña sombra habrá a mi lado.

No la rosa del ansia ni el clavel de miseria, sino la joven luz del alba, la joven voz del alba mía.