A ti, allá en nuestro pueblo
Por el aire los pájaros tan sólo van, por el día las nubes siguen remando cielo, lentas, como brazos abriéndose, pero una carta vive en las cenizas y en el escombro liso de los ojos.
Pienso en papeles blancos, dóciles, busco claras palabras que decirte en los oídos ahora que un viento breve se enredará en tus manos, manos que se reposan en las cosas que tocas como el golpe de la nieve, los manejables nombres: carta de amor, manzana, vaso de agua cerca de los labios, cosas que amas y bendices sus más felices formas allá lejos.
Llega un cometa tuyo y familiar mientras escribo, reluce rápido, toca mis rodillas y tiemblo como un parque al cumplir un nuevo otoño. Mientras escribo ensancho la memoria, me voy allá hasta el pueblo por el campo con casas pequeñísimas y barbechos en fondo, con arados allá a vista de pájaro, -arados escribiendo a Dios derecho- me entro por las viñas vareadas, por patios blancos, limpios, cubiertos con la parra y las bardillas, entre mujeres, niños y gallinas, carreteras que están quietas y llegan, nubes que se despintan, sol que muere igual que las bombillas de los pobres.
«Estoy aquí en Madrid con el otoño y hasta que estén los ciervos de regreso te espero; no me atrevo a abrir puertas, por si estás más hermosa temo verte. ¿Estás allí contándote milagros, creyendo ver o viendo a Dios de súbito? ¿Sigues rezando porque se estén las piedras quietas, por la metralla nula y los cohetes de las ferias pacíficas del pueblo, pidiendo pan, dando tu Padrenuestro a cada pobre que aprendió a ser ateo y pasar hambre? Tú estarás siempre por la luz del pueblo mirando hacia el destino alto del humo, al lento repetirse del aire en los tejados. Yo estoy aquí sin ruido y sin quejarme, sin este hermoso octubre en tus aceras ni el horizonte aquel o de un analfabeto; aquí estoy viendo el viento que arrastra los papeles humildes por las calles, a punto de estar solo para siempre.»
Bendito sea el camino por donde van los pájaros tan sólo, alabada seas tú porque sabes vivir a pecho abierto, porque sabes estar con las espigas con lo difícil que es mirar el trigo. Alabada seas siempre, lucientemente hermosa, andando por tu casa de tareas cantando con las manos ocupadas, que bien estás soñándote primera predilecta de la Virgen, puesta en medio de muchos resplandores.
Qué hueco más profundo es la esperanza, qué cubicado modo de quererte estar aquí pensando: «tengo que reunir unas palabras para escribir lo poco que le escribo». Termino ya, mi amiga, temo hablarte de tantas cosas tuyas; desde aquí siento cómo el cartero del silencio deja un ídolo humilde entre tus manos hecho de la madera de algún chopo.
“Una señal de amor” 1958