Es todo bien sencillo. Nuestro pueblo con sus tejados, sus barbechos surtos en la orilla del campo, el sol colgante, la torre de la iglesia, nuestras casas, ya estaban desde siempre por lo visto. Todos estaban antes, ¡qué sencillo! Nuestros padres, los suyos, los parientes, aquí estaban; las viñas daban fruto al cobijo del llano, hacia septiembre; explotaban de rojas las sandías y los membrillos lo aromaban todo mientras el vino nuevo ardía en las cuevas, en las tinajas roncas y en los cántaros, y no habíamos nacido, compañera.
Nunca se tuvo la fe suficiente para entender a un niño. Por entonces la vida estaba azul para nosotros. Oh niña dulce en Tomelloso aquella, qué tiernecito corazón el tuyo mientras la guerra… Huelo aquellos años como el mejor perfume. Ángel nacido que fuiste tú, y yo el muchacho serio que, sin saberlo, yendo por las calles pasa frente a tu puerta y te conoce. Ah tiempo recordable, sombra izada como un mal sueño en nuestra juventud, ¿todo ha sido verdad? Qué gran sospecha nuestra vida pasada allá en el pueblo: sus fiestas de guardar, sus romerías; las ferias de septiembre (cuando llevan los viñeros, los pobres, a sus hijos Con los zapatos nuevos, que no pueden andar, ilusionados…); los inviernos con nieve y con amigos que regresan ; el pueblo con gramberros por las calles, gamberros como hermanos, cariñosos, bromistas del petardo y de los dichos gordos y hasta poéticos a veces.
Puestos a recordar, hemos venido de visita a este mundo insatisfecho. En las tardes del pueblo, sueño que urde la lejanía en soledad del mundo, hemos amado tanto en otros seres, en años, quizá siglos, tantas veces te miré ensimismado, emocionado, que hoy ya no es necesario, compañera, amor mal recobrado, que te diga cuánto te quise en nuestro pueblo, a solas.
Recordatorio, 1961