Rota sobre el arcoiris, descubro que la lluvia es mi única coraza. De noche se me forman piscinas en el hombro, mientras cuento mis pecas.
De mañana, imagino que buceo en ellas: que mi nuez es esponja, que escribo mis poemas con la ruina de nadie. En el fondo de todo -cuyo cielo es trapecio- mi cuello de botella se empequeñece y ríe, con un mensaje dentro: salir jamás de aquí, hormiga a pata coja.
O tumbada en añil: mi barbilla es cruel y araña el imperdible que sujeta mis botas, o me arranco de cuajo el punzón que me aferra al balcón, y me asomo. He estado ahí abajo. Golpeo el techo y llueve. Diluvia mi cabello: la lluvia es mi defensa; éste, mi himno acuático.
He estado ahí abajo. Abajo, más profunda. Donde puedo estar sola. Incluso más abajo, incrustada en el fondo del agua o de la tierra. Trenzas destartaladas: soy muñeca de sucio trapo, pisoteada, rota sobre el arcoiris.