Los niños que se mueren

Los niños que se mueren

Los niños que se mueren pueden elegir entre saltar durante el día sobre camas de hormigón dulce, o comerse las sábanas muy lento, con los ojos cerrados y felices. El privilegio de la franela. Dos centésimas de miedo para que suelten su mano: por la avenida se agarran de la punta de mis dedos, mordiéndome, mamá. Ya no tengo piernas y canto muy bajito, buscando en un lugar cerca de mi padre, así que ellos me hacen compañía antes de llegar a casa. Qué alegría en el vestíbulo: soy tan blandita que no puedo morir. Tengo amigos sin sueño ni pijama. Huelen a víspera de festivo, y convierten los termómetros en un cuento de buenas noches, y han muerto y sin embargo confían en enero igual que en las ventanas y la voz de la nieve. Así es la vida de los niños que se mueren. Acolchada. Muy dulce. Es tan bello extinguirse siendo niño…

De “Tara” 2006