Con apenas un año de vida, mi hija se asoma al balcón: sus pulmones son una pecera. Dentro del plástico le flota una piraña; bajo la lengua, una brújula apunta al suelo: el mecanismo de la vida de mi hija me vino por correo aéreo, desmontado. Desde un segundo piso, mi hija disfruta con las cosas brillantes, los estribillos de dos sílabas, las alturas. ¡Está muy mayor para su edad! Asoma su cabeza entre las rejas del balcón: tiene su mismo aspecto. Se lanza frente a Él. Contra el suelo. Tiene su mismo aspecto.
Esta sensación me salpica los zapatos: como si me atravesaran el esternón con un cuchillo y extrajesen una porción que se exhibiera, por los siglos de los siglos, en una urna, sobre un cojín púrpura; como si nos inventásemos salmos para recitar en el colegio, entre segundo plato y postre, yendo de paseo, al irnos a dormir, al decirnos te quiero y abrazarnos, para limpiarte la conciencia cuando untes en tu desayuno tostadas con la miel de la vida de mi hija, manual de instrucciones para amortiguar el golpe. Igual que tú, tiemblo.
Ya no puedo llorar. De “Tara” 2006