Cuaderno de bella

Cuaderno de bella

1

Cómo llevar a las palabras la sensación, el roce de tu mano por vez primera entre la mía. Su forma frágil, delicada, su ser, su estar en mí, su suave entrega. “Esta es la mano, en fin, de tu muchacha”, me dices no sé cómo, mientras siento “esta es la mano de la niña mía”.

Mayor delicia habrá, si tiempo y suerte quieren. Ninguna habrá tan absoluta y pura.

2

Reverente imagino tus muñecas en tus brazos menudos acunadas. Cómo se llaman, digo. Y me respondes en una voz que la distancia vela desde el hondo del patio. Deja. Mira, tú estás feliz, eres feliz, qué importa.

Tú estás hecha de infancias, niña mía. tú eres toda de niños. Vida solo.

3

Ya te miro venir, ligera y leve, volando las escalas del teatro, la boina al sesgo de tu pelo lacio, radiante y feliz, hecha de aromas. Das a mi amigo un libro, me sonríes, después te vuelves y tu esbelta espalda escaleras abajo es una música y es una puertecilla hacia la dicha.

4

Quién sabe cómo fue ni cuándo y dónde me dijiste que sí, que me entregabas el huerto de ti misma, paraíso de magias y delicias y qué glorias. Y yo ciego de mí te acepto a ciegas del esplendor terrible de tu llama tan frágil y menuda entre mis brazos. Pues tú eres tú y eras la vida y todo cuanto va desde el júbilo a lo trágico, desde el alba a las fiestas de la tarde.

5

Y tus muñecas fueron al fin hijos, oh música del mundo, oh maravilla, mi cajita de asombros, mi señora! Y el dueño de tu huerto florecido, el taciturno, te volvió la espalda, te dejó a solas con tus juegos mágicos, los únicos que importan, y lloraste. ¿Cómo pude yo hacer que sollozaras? ¡La boina al sesgo del cabello pulcro, tú, la del rostro terso, radiante, quién pudo imaginarte entonces lágrimas! Y sin embargo fuimos los dos uno, no se puede ser más, y tú has llorado.

6

Todo es al fin no más un cuento mágico. Quién sabe cómo, todo cuento acaba. Yo di su vida a los muñecos tuyos como un brujo hechizado. Me embrujaste con solo ser tan niña a vida pura. Como a través de un vidrio estoy mirándote. Turbio vidrio mi asombro de saberte tal cual eres, mi niña desdichada. Me hechizaste, y en cambio te hice daño. Mas yo sólo te amé porque tú eras.