El General a veces nos decía extendiendo sus manos transparentes: «así fue que lo vimos aquel día en la tranquila lluvia indiferente
sobre el negro caballo memorable». Suavizaba la sombra del alero su camisa de nieve irreprochable y el arco duro del perfil severo.
Y mientras en el patio de azul fino cercana renacía la tristeza del platanal con sus nocturnos roces,
más allá de las palmas y el camino, limpiamente ceñida su pobreza, pasaban en silencio nuestros dioses.