Catalina a Camoens

Catalina a Camoens

Al morir mientras él se encuentra en el extranjero y aludiendo a los versos en los que el poeta se refería a su dulce mirar.

No entrarás por esta puerta que contemplo sin cesar. ¡Adiós! Se va la esperanza, viene la muerte, no tú. Ven, amor mío, ven a cerrar estos ojos que llamaste los de más dulce mirar.

Cuando oía tu canción en antiguas primaveras, olvidando otros elogios sólo escuchaba los tuyos, y repetía el corazón: Benditos sean mis ojos si le parecen tan dulces.

Todo cambia y esta tarde baña un sol frío la puerta. ¿Susurrarías ahora igual que antes: Te amo mucho… cuando la muerte nubla triunfal los ojos que ayer llamaste los de más dulce mirar?

Si estuvieras a mi lado junto a la cama en que muero, aunque antaño desdeñaste su hermosura, sé que ahora los llamarías siendo veraz, por el amor que hay en ellos, los de más dulce mirar.

Y si entonces los mirases y ellos te viesen a ti, todo su brillo perdido volverían a tener. Por el amor y de verdad fueran belleza radiante los de más dulce mirar.

Pero, ay, que sólo me ves con ojos de enamorado como una leve sonrisa soñando tras abanicos; y así repites sin saber más en tus serenos ensueños: los de más dulce mirar.

Mientras el alma se sale de mi cuerpo lento y pálido, siempre ansioso por oír estas palabras de amor, ¡oh, mi poeta, ven a mí ya! Tardío amor, ven, son tuyos los de más dulce mirar.

Poeta mío, profeta, al alabar su dulzura, ¿es que no viste que está apagándose su luz? ¿Es que no viste que ya jamás devolvería la tumba los de más dulce mirar?

Silencio. Sólo se escucha el surtidor en el patio, cae el agua sobre el mármol como cae el corazón desde el suspiro hasta la muerte, muerte que anuncia su triunfo sobre los ojos más dulces.

¿Vendrás? Me siento muy sola, todo es amargo a mi lado, y tu voz, amado mío, no me despierta los párpados. Ha muerto amor, llorad, llorad, junto al ciprés si es que fuisteis los de más dulce mirar.

Sonaba el ángelus, cerca de aquel convento paseábamos y los coros atraían los ángeles al coloquio. Veía el cielo el alma audaz. Sonreíste. ¿Es eso impuro, los de más dulce mirar?

Al pasar en tu caballo y ver tras la celosía de aquel palacio otro rostro que no es el rostro de siempre, ¿en un murmullo repetirás: Desde aquí me contemplasteis, los de más dulce mirar?

Cuando las damas en torno de tu guitarra te digan: Canta, poeta, los versos de la dama que murió, ¿entre las lágrimas, no fingirás entonando la canción de la del dulce mirar?

¡Oh, melodiosas palabras muchas veces repetidas! Entre todas tus canciones la mejor ésta será, la escucha el alma una vez más entre el ruido de este mundo… Los de más dulce mirar.

El clérigo va a rezar, el coro está de rodillas, otras músicas solemnes el alma pronto oirá. ¡Oh, miserere, oh, ten piedad! Ya no será Catalina la de más dulce mirar.

Guarda esta cinta que es mía (me la quité del cabello), y cuando llores sobre ella no te sentirás tan solo, pues desde el cielo yo sin cesar en ti posaré estos ojos, los de más dulce mirar.

Pero ahora, cuando aún estoy aquí, brillan más; tú, amor mío, echa en olvido todo lo que es mi pasado: estas palabras dedicarás a otra más bella que yo: la de más dulce mirar.

Pero, ¿qué hacéis, ojos míos? Sois desleales si el llanto dejáis caer por el bien de su esperanza y su vida. Sería indigno para el mortal que un llanto ruin enturbiara los de más dulce mirar.

Velaré por su futuro, bendeciré su esplendor; quiero que cante a otros ojos de mirar mucho más dulce. Que los proteja su ángel guardián, y que sean para él los de más dulce mirar.

Versión de Carlos Pujol