Que ha cambiado, dijera, toda la faz del mundo, desde que oí los pasos de tu alma moverse levemente, ¡oh, muy leves!, junto a mí, deslizándose entre mí y aquel borde terrible de la muerte
tan clara, donde hundirme creí; mas fui elevada hasta el amor y pude saber un nuevo ritmo para mecer la vida. La copa de amarguras que Dios nos da al nacer, apuraré gustosa,
loando su dulzura, amor mío, a tu lado. El nombre de las tierras y el del cielo se mudan según donde estés tú o hayas de estar un día.
Y este laúd y el canto mío, que quise antaño (los ángeles canoros bien lo saben), los quiero sólo porque tu nombre se mezcla en lo que dicen. Versión de Màrie Manent