Eran tan sólo cuerpos asustados, carne color de grito, fiebre alerta en la savia lunar de los rumores. Al llegar pronunciaron su oleaje, su ocupación cansada de la noche. Hincaron su raíz en la penumbra y en los atrios brillaron las señales de una claudicación predestinada. Nada dijeron de la luz herida, de las gargantas que se despertaron sobre la oscuridad de ciertas horas, ni del murmullo arrodillado, lento, de la respiración de sus edades. Sobre la piel de una sonrisa muerta creció la profecía de los nombres. Las calles se olvidaron de los ecos que acaricia al pasar la madrugada, y la humedad trepó por la osamenta de una ciudad hundida en el verano. Nadie pudo advertir con su ternura la palabra que el tiempo edificaba sobre un reloj partido: la memoria. El Sur se levantó sobre la sangre y la sangre gritó en sus acueductos. Después volvió el dolor a los caminos y abrió sus espirales la costumbre. 12 de abril de 1974