Extraña conjunción, pueblo de ríos fluyendo hacia ese centro, bajo un astro que derrama su luz sobre las rocas. Eterno mar, quimera de otro tiempo, sombra asustada, oscuridad que sufre.
Acercarse hasta allí, viajar al fondo de nuestra soledad, de nuestro miedo, y encontrarnos de pronto frente a frente con la mirada de la inmensidad. Aventura de andar a ciegas por el borde de una palabra llena de gritos y caricias, de una fascinación antigua y poderosa.
Y más tarde volver al lugar conocido -casa apagada, seca geometría- con los ojos más viejos, sin nada entre las manos, y seguir contemplando con dolor y en silencio nuestro propio cadáver: la muerte acostumbrada. 18 de febrero de 1974