A veces me tropiezo con tu sonido. Escucho un eco que golpea las paredes del sueño y oigo en mi pulso un ritmo de aventura y suicidio. La noche se hace entonces laberinto. Mis pasos penetran en el bosque, presienten el encuentro. Me acerco a los lugares donde la muerte esconde el vértigo y la luz de su relámpago. Para todo soy ciego si este dolor me acecha: la destrucción buscada es la vida más honda. Ya no puedo escapar. tu voz es cárcel; la orden se hace canción, llanto quemado, lucidez delirante, tiempo entero. Me rodean las cosas; en la penumbra gimen y esperan que las nombre, que mis manos impriman un color a su destino, esculpan una forma en su carne reciente. Me olvido del silencio, de la larga sequía; la soledad se puebla de jadeos y gritos; giran los signos y la sombra acepta mi fiebre sacudida, mi pasión levantada. Me pierdo en el camino. regreso. Al fin descifro la secreta escritura, el vértice sonoro. todo termina y callo. Tiembla la noche. Cae una gota de lumbre sobre el papel en blanco. 27 de febrero de 1974