Mejor tal vez sería no recordar de nuevo los días que pasaron como caricias crueles por tu piel y mis manos. En la luz del deseo brillaron nuestros cuerpos y juntos escuchamos la voz ancha del mar. Las heridas fragantes de aquel tiempo persisten como antiguos dolores recientes en mi carne. Yo no quiero escuchar el lenguaje marchito de las cosas que ardieron. Pero sé que es inútil. No es posible recurrir a un presente hecho de soledad para olvidar el canto de un verano, unos brazos, para dejar temblando en el camino el fuego que aún enciende sin querer mis palabras. 7 de julio de 1974