A veces me pregunto qué habría sido de mí sin los recuerdos que tan celosamente guardo: aquella callejuela que olía a madera y a fruta en un húmedo barrio de París, los árboles dormidos bajo el sol en una plaza antigua de Florencia, el órgano que hacía vibrar la catedral de Orvieto en un amanecer lejano, la lluvia golpeando en la ventana de una habitación en la que yo sufrí, los ojos oscuros que me miraron en un crepúsculo de no sé dónde…
Cuando la inmediatez de los oficios cotidianos se filtra hasta mis huesos y me impide respirar con amor los olores espesos, fríos, sin luz, de la costumbre, cierro los ojos, regreso lentamente a las tierras que en otro tiempo recorrí, a los lugares en los que el olvido no impuso su silencio. Acaricio los días que pasaron, las horas que brillan en la distancia como ciudades recostadas a la orilla de la noche.
Y pienso con tristeza que fue hermoso andar tantos caminos, aunque sepa que ya sólo podré pisarlos con una pobre ayuda: la memoria. 10 de octubre de 1975
La casa
Yo sé que sigue allí. Si la memoria se acerca sin querer a las riberas de aquel tiempo que grita en el silencio de los días perdidos, se levanta otra vez en mi pecho el antiguo dolor, la profunda caricia del incendio que cantaba en el centro de un verano vibrante, de unos meses extendidos sobre la tierra aquella, tan lejana.
Heridas de la luz, caminos lentos por los que anduvo un cuerpo, una alegría, un temor que creció bajo los ojos de cualquier madrugada. Ahora regreso a la casa de entonces. Allí siguen los objetos que oyeron el sonido de nuestra soledad en la penumbra de aquella habitación, el viejo lecho en que ardieron los astros, los minutos que se fueron cayendo de tus manos.
Y afuera sigue el sol, y el árbol solo anclado en el calor del mediodía.
25 de mayo de 1975