La luz

La luz

No se puede prever. Sucede siempre cuando menos lo esperas. Puede pasar que vayas por la calle, deprisa, porque se te hace tarde para echar una carta en correos, o que te encuentres en tu casa por la noche, leyendo un libro que no acaba de convencerte; puede acontecer también que sea verano y que te hayas sentado en la terraza de una cafetería, o que sea invierno y llueva y te duelan los huesos; que estés triste o cansado, que tengas treinta años o que tengas sesenta. Resulta imprevisible. Nunca sabes cuándo ni cómo ocurrirá. Transcurre tu vida igual que ayer, común y cotidiana. “Un día más”, te dices. Y de pronto, se desata una luz poderosísima en tu interior, y dejas de ser el hombre que eras hace sólo un momento. El mundo, ahora, es para ti distinto. Se dilata mágicamente el tiempo, como en aquellos días tan largos de la infancia, y respiras al margen de su oscuro fluir y de su daño. Praderas del presente, por las que vagas libre de cuidados y culpas. Una acuidad insólita te habita el ser: todo está claro, todo ocupa su lugar, todo coincide, y tú, sin lucha, lo comprendes. Tal vez dura un instante el milagro; después las cosas vuelven a ser como eran antes de que esa luz te diera tanta verdad, tanta misericordia. Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado, lleno de gratitud. Y cantas, cantas.

La muerte del silencio

Como alguien que después de un vasto tiempo de oscuridad descubre tras el rostro de la noche la inesperada presencia del amanecer, halló el adolescente en un repliegue de su vida un tesoro nimbado de misteriosos brillos: era la muerte del silencio. Y el muchacho penetró en el umbral de la poesía con paso decidido y fervor en su pecho: allí estaba la luz de la palabra, el extraño fulgor de cada hora, la ignorada expresión de la hermosura en el regazo de lo conocido.

Un día, con un libro bajo el brazo, anduvo por las calles soñolientas y tibias de una ciudad del sur, de su ciudad. Sentóse al fin en una plaza silenciosa y vio cómo las manos del sol acariciaban el oscuro verdor de los magnolios con más amor que en otras primaveras.

Abrió entonces el libro. Y sólo dos palabras en su portada halló: Teócrito: Idilios. Y el pastor siciliano se aproximó al muchacho y le contó muchas historias, tan hermosas como frutas silvestres o el canto de un jilguero. Con voz muy dulce hablóle largamente de los amores mitológicos, simples y fabulosos. Y cuando sus palabras se apagaron una flauta afligida se despertó a lo lejos. La luz mediterránea descansaba en la plata apacible del olivo; las cigarras cantaban en la sombra; cerca del mar crecían las adelfas.

17 de julio de 1977