Por siete lunas me miré en tus fuentes, catorce en las orillas de vasija anhelante de tu sangre; dormí en tu piel con infinitas manos los largos ciclos de inundación del bosque, diez o veinte en tu red de vespertina fruta agreste y dulce, no sé cuánto en la rama fragante de tus brazos y toda la vida me llené con tu nombre.
Rosa del Sur, me dije clavel de la cordillera, guitarra clara del amor, mujer suave como la lluvia que a veces llega apenas para tocar las hojas, tierra de siembra fértil del varón y el arado, honda como la brisa que despeina el maizal y la distancia, mi latido es el tuyo, mis ventanas abiertas al rumor de la noche.
Si todo mi país, si mi comarca de taciturna estirpe se despierta en tu aliento, si el enjambre y la miel, la viga añosa de la casa, si el azahar del lecho de los enamorados me acercan a tu piel, si todo late, si todo vive en ti, todos mis años, toda mi vida llenaré con tu nombre.
De “El viejo fuego” 1977