Sino

Sino

Nada es lo mismo ya, ni lo será mañana; apenas la constancia dará el signo que guíe el día por venir. Y el ahínco de la memoria fiel que reconstruya y clasifique lo que ya es quemadura y senda pedregosa desde ahora, desde el instante en que una lluvia oscura sopló con un sonido bárbaro en nuestra vida.

Y lo sabemos todos. Nada será ya igual ni semejante al rostro del pasado; ni nuestro amor, vacío de sostén, ni la mano de los amigos. No habrá ese ruido de persianas que bajen impidiendo al verano su intromisión inevitable. Habrá cambiado el ritmo de la sangre; otras palabras pondrán sobre el oído su distinta eufonía.

No, no; ya no será la misma la manera de andar, la introspección al modo de la quietud ceñida de las horas. Se notará por siempre en nuestro rostro un viaje y un aire retraído de máscara olvidada. Y al no tener el mismo amor, la misma mano de los amigos, el ser de aquí o de allá se borrará sin pausa en una helada comunión con raíces espurias.

De “Destierro y atardecer” 1975