Ahora sí que ya os miro cielo, tierra, sol, piedra, como si viera mi propia carne.
Ya sólo me faltábais en ella para verme completo, hombre entero en el mundo y padre sin semilla de la presencia hermosa del futuro.
Antes, el alma vi nacer y acudí a salvarla, fiel tutor perseguido y doloroso, pero siempre seguro de mi mano y su aviso.
Ayudé a la hermosura y a su felicidad, aunque nunca dudé que traicionaba al maestro, al discípulo, más, si aquel daba forma en su libertad al pensamiento de lo bello.
Y así vistió su ropa mi hueso madurado, tan lleno de dolor y de negrura como noche nublada sin perfume de flor, sin lluvia y sin silencio…
Solo el cumplir mi paso, aunque por suelo tan arisco, me daba luz y fuerza en el vivir.
Mas hoy me abrís los brazos, cielo, tierra, sol, piedra, igual que presentí de niño que iba a ser la verdad bajo lo eterno.
Hoy siento que mi lengua confunde su saliva con la gota más tierna del rocío y prolonga sus tactos fuera de mí, en la yerba o en la obscura raíz secreta y húmeda.
Miro mi pensamiento llegarme lento como un agua, no sé desde qué lluvia o lago o profundas arenas de fuentes que palpitan bajo mi corazón ya sostenido por la roca del monte.
Hoy sí, mi piel existe, mas no ya como límite que antes me perseguía, sino también como vosotros mismos, cielo hermoso y azul, tierra tendida…
Ya soy Todo: Unidad de un cuerpo verdadero. De ese cuerpo que Dios llamo su cuerpo y hoy empieza a asentirse a, sin muerte ni vida, como rosa en presencia constante De su verbo acabado y en olvido De lo que antes pensó aun sin llamarlo Y temió ser: Demonio de la Nada.