Había muerto yo por la Belleza; me cercaban silencio y soledad, cuando dejaron cerca de mi huesa a alguno que murió por la Verdad.
En el suave coloquio que entablamos, vecinos en la lúgubre heredad, me dijo y comprendí: Somos hermanos una son la Belleza y la Verdad.
Y así, bajo la noche, tras la piedra, dialogó nuestra diáfana hermandad hasta que el rostro nos cubrió la yedra y los nombres borró la eternidad.
Versión de Carlos López Narváez