A veces una hoja desprendida de lo alto de los árboles, un lloro de las ninfas que pasan un sonoro trino de ruiseñor, turban mi vida.
Vuelven a mí medrosos y lejanos suaves deliquios, éxtasis supremos; aquella estrella y yo nos conocemos, ese árbol, esa flor son mis hermanos.
En el abismo del dolor penetra mi espíritu, bucea, va hasta el fondo, y es como un libro misterioso y hondo en que puedo leer letra por letra.
Un ambiente sutil un aura triste hacen correr mi silencioso llanto, y soy como una nota de ese canto doloroso de todo lo que existe.
Me cercan en bandada los delirios… ¿Es alucinación…, locura acaso? Me saludan las nubes a su paso y me besan las almas de los lirios.
¡Divina comunión!… Por un instante son mis sentidos de agudeza rara… Ya sé lo que murmuras, fuente clara; ya sé lo que me dices, brisa errante.
De todo me liberto y me desligo a vivir nueva vida, de tal modo, que yo no sé si me difundo en todo o todo me penetra y va conmigo.
Mas todo huye de mí y el alma vuela con torpes alas por un aura fría, en una inconsolable lejanía, por una soledad que espanta y hiela.
Por eso en mis ahogos de tristeza, mientras duermen en calma mis sentidos, tendiendo a tus palabras mis oídos tiemblo a cada rumor, naturaleza;
y a veces una hoja desprendida de lo alto de los árboles, un lloro de las linfas que pasan, un sonoro trino de ruiseñor, turban mi vida.