La muchacha que no ha visto el mar

La muchacha que no ha visto el mar

Rosa, la pobre Rosa, no ha visto nunca el mar.

Echa a volar su sueño en el campo vecino, a la alondra demanda el secreto del trino cuando lanza a los vientos su canción matinal; sabe de dónde nace la fuente rumorosa, distingue con su nombre a cada mariposa y oye correr el agua y se pone a soñar…

Yo le pregunto: Rosa, ¿no has visto nunca el mar?

En infantil asombro menea dulcemente la cabecita rubia ; sobre la blanca frente cruza por vez primera una sombra fugaz, y se sacian sus ojos en el breve horizonte que a dos pasos limitan la verdura del monte, el arroyo de plata y el tupido juncal. Oye hablar a la selva, cuya voz escondida guarda aun su misterio… ¡Es tan corta la vida para saberlo todo…! Siente la inmensidad de lo breve y humilde en el ritmo diverso que palpita en el alma de su pobre universo, y ante lo ignoto siente un ansia de llorar. Del instante que pasa, la virtud milagrosa le revela el espíritu que vive en cada cosa y su blanca inocencia pugna por alcanzar un recóndito enigma… Y yo pienso que Rosa no ha visto nunca el mar…