Restos de almanaque

Restos de almanaque

A Ana Fernández Mallo

La mitad de los días es resto de almanaque, y el tiempo está cansado de jugar con nosotros, con tu pelo de alcázar que mis manos asedian, con tus ojos de alquimia, con el fuego robado que se agita en la bolsa del ladrón y reconforta el crimen, el amor o la vida. Un fuego que la noche pretende sofocar sin conseguirlo.

El tiempo está aburrido de que no comprendamos su perfil de manzana, de ver como enloquece nuestra sangre en la cinta sin fin que recorremos, en este laberinto de frutal resistencia que gobierna la piel, que hace al dolor ausencia de miradas o besos.

Pero llueve, aunque la lluvia no lo borra todo siempre llueve, y se almacena un resto de cordura y palabras en el penúltimo suburbio, por las alcantarillas más profundas, detrás de cada tarde con aceras o parques del oeste, con paraguas oscuros y luminosos ojos de autobús circular e infatigable.

Ya cerradas las páginas del libro donde siempre se anotan los milagros, escribimos en rojo sobre la miserable cuadrícula del sueño:

La mitad de los días es resto de almanaque, la otra mitad, amor que se quedó dormido.

De “Restos de almanaque” 1993 (Premio Blas de Otero, 1993)