Tercera crónica del guardián

Tercera crónica del guardián

(El Hechicero)

“…Ma se senza ingiuria vostra io potessi fruirlo, rendetevi certo che saria in me quella letizia ch’essere in alcun uomo sia possibile.” (1) (Ludovico Ariosto, Il Negromante)

El hechicero acaba su tarea, acaricia su barba satisfecho y sus labios se curvan en lánguida sonrisa -la que debe tener todo alquimista que aprecie su trabajo-. La luna se despide como un guiño de los últimos juegos de la noche. La lechuza es un bus que aún lleva luces y susurra un final, como Louis Armstrong, de Jazz expresionista.

Recoge los papeles, guarda todas las fórmulas en verso tras el aparador de palisandro mientras un gato insomne y circunspecto, con el lomo de azúcar y de miel, afirma silencioso que él ya lo sabe todo Va tapando los frasco uno a uno, los matraces de esencia, las redomas con uña de lagarto y ese polvo amarillo de mandrágora que hace azules los sueños.

El horizonte empieza a recitar una canción de cuna para la espalda de la noche. Es hora de acabar los sortilegios, que descanse el mercurio en su probeta y el ala de murciélago en el aire. Los Rollings sustituyen al Cármina Burana.

El hechicero cuelga el mandilón, se cambia de zapatos, deja su gorro frigio en un estante, anuda su corbata de seda milanesa, y se va a la oficina como todos los días.

(1) “…Pero si yo pudiera disfrutarlo sin ofenderos, estad seguros de que sería dueño de la mayor alegría que hombre alguno pueda poseer.” (Ludovico Ariosto, Il Negromante) De “Crónicas del laberinto” 1991 (Premio Feria del Libro de Madrid, 1991)