Hay que salvar la nave, su tripulación, el cargamento. Sálvala tú que sabes el oficio, que puedes tranquilizar el desorden de las máquinas y el fragor de las olas con el simple roce de tus dedos, con el bálsamo de una sonrisa. No permitas que naufrague este terco barco a la deriva. Ofrécele al final tu puerto, condúcelo a su muelle húmedo, y verás cómo se aquieta este incendio voraz que me consume.