Caracoleando su rumor milenario, imponente emerge el mar por entre oscuras rocas que bordean la costa y me rodean las mujeres de mi vida. Sus cuerpos se encrespan, estallan aquí cerca, a mi lado, y en la distancia muere el atardecer. Pequeñas olas llegan suavemente tras formarse afuera e irrumpir ahora, palabras que ya no sé quién dijo ni cuándo ni su razón de ser. Líquida caricia me lame los pies, el pensamiento, casquivana, insistente. Hacia su origen enfilan residuos en dulce postración. El mar: esponja de recuerdos, cambiante espejo, flujo y reflujo de otras vidas, de mi existencia metamorfosis y resurrección.